Capitalismo: Una historia de amor
22 Enero 2010
Autor: Cube
Ayer hicimos una escapada a Gijón para ver en el cine la última de Michael Moore. En Oviedo son así de cutres y no ponen la mitad de las pelis en los cines. Pero no voy a quejarme sobre estas cosas a las que ya deberíamos estar acostumbrados los ovetenses, voy a quejarme sobre Michael Moore.
Iba a poner un aviso sobre que esto podía ser un spoiler y patatín patatán pero como todas las pelis de Michael Moore son iguales no hace falta. De todas formas no voy a hablar mucho sobre el objeto del documental, sino sobre las impresiones que me provocó.
Al igual que todas, o casi, durante los primeros 15 ó 20 minutos comienza enseñando un rollo sobre gente que lo pasa muy mal por culpa del gobierno (o más bien, en este caso, por culpa del sistema económico) y llora. No sé qué le pasa a este hombre que le gusta tanto sacar a gente llorando… ah sí, que es yanki. Te pone un montón de ejemplos sobre gente que vive muy mal y que curiosamente ese tipo de cosas solo pasa en yankilandia y lo mala que es la gente y tal y cual y pascual.
Después no sé qué pasó. Salía gente hablando y eso, pero de fondo sonaba el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven y yo estaba deseando que dejasen de hablar para poder saber si aquello era la versión de Wendy Carlos. Justo después comenzó O Fortuna, el primer fragmento de Carmina Burana de Carl Orff y claro, no pude evitar ponerme a pensar en Excalibur, con lo cual no me enteré de nada.
Cuando por fin terminó la música y volví a centrarme en lo que estaban diciendo, mi cerebro no fue capaz de retener gran parte de ese aluvión de información masiva y condensada que fue en lo que consistió la película durante la siguiente hora y media (sí, es que dura dos horas, cágate lorito).
Yo esperaba reírme como en Bowling for Columbine y… bueno… salvo algún momento medio bueno, como una canción sobre Cleveland al más puro estilo Wonder Showzen y alguna que otra cosa más que no recuerdo, la verdad es que no me reí demasiado. Simplemente pensé lo mismo que en todas sus pelis anteriores, pero ya de una forma un poco cansina. Hay dos conclusiones básicas, que son las mismas siempre:
- Los Yankis son unos flipaos/están jartos.
- Esto en España no pasa.
Además, gracias a mi obsesión con la horizontalidad del horizonte (cosas de fotos), no pude evitar fijarme todo el rato en que no había una sola toma donde los edificios estuvieran totalmente verticales. Ya se que es un documental nada artístico, pero oyes, no sé, no es tan difícil.
Por si fuera poco un final de lo más ñoño para convencer a mentes de esas a las que no les gusta pensar… ah, es verdad, que son yankis. Pues eso, una peli pa yankis más.
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¡Soy Michael Moore!